Lo cierto es que la idea de las sustitutas sexuales no es nueva.
Ya Masters y Johnson en su época defendían que la terapia sexual debe llevarse a cabo por una pareja de terapeutas por lo cual cuando el hombre padecía de algún trastorno pero no tenía pareja, se les facilitaba una sustituta, con el único objetivo de llevar a la práctica la teoría aprendida en la consulta. Cuando les preguntaron el por qué era necesario una sustituta para el hombre pero no para la mujer, simplemente respondieron que las mujeres se involucran emocionalmente durante la relación sexual por lo cual, sería inefectivo utilizar un sustituto masculino. A eso yo lo llamaría: “ESTEREOTIPO DE GÉNERO”, con unas mayúsculas bien merecidas.
Pero retomando el tema, lo cierto es que esta idea fue aplicada con anterioridad, a finales de los años 1940, en Bogotá, Colombia. Un terapeuta sexual abrió una clínica y empleó a “trabajadoras sexuales” que colaboraban en el tratamiento de los pacientes. Por supuesto, posteriormente debió enfrentar múltiples demandas judiciales.
Lo más contradictorio de esta terapia es que cuando se utiliza una sustituta sexual ninguna de las partes de la pareja se involucra emocionalmente por lo cual, aquellos problemas que provienen del tipo de relación que se sostiene entre dos, no serán tan fácilmente eliminados. Realmente solo un pequeño porcentaje de los trastornos sexuales se pueden eliminar aprendiendo técnicas sexuales o posturas ya que la mayoría de los mismos tienen su origen en causas eminentemente psicológicas, tal es el caso del vaginismo, la dispareunia, la eyaculación precoz o la disfunción eréctil… y seguimos contando.
La sexualidad no es una actividad que se vive de manera aislada sino que tiene un elevado componente relacional por lo cual, lo más recomendable es solucionar los problemas sexuales en pareja, a partir del compromiso y la comprensión mutua si bien existieron algunos expertos como Lunde y Katchdourian que afirmaron en: "Las bases de la sexualidad humana (1989) que: "¿No debería el sexo considerarse como una entidad con derecho propio? Si podemos tener amor con o sin sexo, ¿por qué no podemos, de manera legítima, tener sexo con o sin amor?"
Mientras que, más cercano en el tiempo, Aller y Ruiz en: "Sexualmente irreverentes" (1994) afirman que: "...nos negamos a caer en la trampa de la necesidad del "sexo con amor", porque esa es y ha sido a través de los tiempos, la forma de negar la posibilidad de un placer legítimo y ético encontrado en una relación sexo-genital, que puede ser circunstancial y pasajera".
Sin lugar a dudas, en algún momento de la historia de la humanidad se comprendía la sexualidad sin amor como un pecado, lo cual manteniéndose en la representación social, actuaba como un inhibidor del erotismo pero la realidad actual es bien diversa por lo cual sería momento de cambiar algunos estereotipos y delimitar adecuadamente algunos conceptos.
El coito es una expresión de nuestra personalidad, un momento íntimo donde nos expresamos tal como somos, por lo cual, considero que es impensable el hecho de que las emociones no se pongan en juego. Luego, que exista un sentimiento de amor más o menos fuerte es un hecho diverso. Sin embargo, experimentar las emociones no implica sentirse emocionalmente comprometido, el compromiso emocional requiere tomar responsabilidad sobre la otra persona y sobre las emociones que se despiertan.
Entonces, soy de las que considero que, si bien se puede practicar sexo sin sentirse emocionalmente comprometido, no es el mejor camino para eliminar cualquier trastorno de índole sexual, que también involucra la personalidad e incluso nuestras peculiaridades relacionales.
Luego, aún queda otro problema ético: cuando el terapeuta se encuentra demasiado involucrado con el paciente su objetividad se eclipsa. O quizás tener sexo con el paciente no se comprende como involucrarse… aunque a mi no se me ocurre un ejemplo que exprese una forma más íntima de relación.
En fin, que cada país posee un código de ética que regula la práctica de los psicólogos pero usualmente este código no delimita con exactitud los comportamientos permitidos y aquellos que son censurados, por lo cual pueden derivarse varias interpretaciones diversas que dan lugar a las terapias más inusuales.
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